Alexander von Humboldt explora Venezuela: 6


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A las 8 am del 19 de agosto de 1799, Alexander von Humboldt y Aimé Bonpland llegan a la Nueva Salina, en la Península de Araya. Ante ellos apenas se alza una casa aislada junto a una batería con tres cañones. Esa es toda la defensa de la península tras la destrucción del Fuerte de Santiago. El inspector de la Salina, escribe Humboldt, se la pasa todo el día en su hamaca, desde donde imparte órdenes a los trabajadores. Una "lancha del rey" le lleva alimentos desde Cumaná una vez por semana. Humboldt considera curioso que una salina que otrora fuera codiciada por ingleses, holandeses y gentes de otras potencias no tenga ni una granja decente.

Desde el punto en que desembarca Humboldt se pueden ver la Isla de Cubagua, las montañas de Margarita, los restos del castillo de Santiago, el Cerro de la Vela y los cerros calcáreos del Brigantín. Los guaiqueríes siempre usaron esta salina. Los primeros invasores europeos no tardaron en hacer lo mismo. Los holandeses sacaban sal de esta zona a pesar de la presencia española y solo lo dejaron de hacer cuando las autoridades construyeron el fuerte de Santiago o Real Fuerza de Araya en 1622.

En 1726 un movimiento del mar arrasó gran parte de esta costa y con ella el fuerte. Lo que describe Humboldt es probablemente lo que ahora se denominaría un tsunami.

El consumo de sal en la provincia de Cumana y Barcelona en 1799-1800 se eleva a unas 9 a 10 mil fanegas, lo que equivale a unos 55400 litros. Eso es un montón. Humboldt supone que la gran cantidad de sal es para salar la carne de buey, el tasajo, que es uno de los principales productos de exportación de Venezuela poco antes de la independencia.

La Provincia de Caracas también tenía salinas muy buenas en la Isla de la Tortuga, pero el gobierno español mandó a construir un canal desde el mar para anegarlas. Decidieron hacer esto porque otras naciones europeas estaban usando las salinas y el gobierno, incapaz de defenderlas, temía que alguno de esos gobiernos ocupasen la isla deshabitada.

Solo fue en 1702 cuando el gobierno español comenzó a manejar las salinas de Araya . Antes de eso lo hacían los indígenas. Según Humboldt, los pescadores indígenas vendían la sal a 4 reales o media piastra la fanega. Era poco, pero la sal tenía muy poca pureza y el suministro variaba, por lo que a menudo no había suficiente para el salado de carne y pescado. Desde que la provincia pasó a la administración de Caracas, el suministro se volvió constante y la sal más pura, pero el precio subió a 1,5 piastras.















Humboldt examina la manera en que se explota la salina de Araya: los canales que se habían construido desde el mar, el uso que hacen de la escasa lluvía y la productividad en general. Aunque se usan métodos mucho más primitivos que en Europa, la sal en sí es más pura que en el Viejo Mundo.

Después de inspeccionar la salina, Humboldt y su amigo parten hacia una choza indígena en las ruinas del Fortín para pasar la noche. Llevan los instrumentos en una mula. La noche los sorprende cuando llegan al castillo por la orilla del mar.

Humboldt describe:

"Una vez que llegamos al pie del viejo castillo de Araya se presentó una imagen de la naturaleza melancólica y romántica ante nosotros; la belleza de las ruinas no era mermada ni por el frío del monte tenebroso ni por la exhuberante vegetación. Las ruinas se alzan en una montaña pelada, con agaves, cactus y mimosas y más se asemejan a masas rocosas destruidas en los más antiguos cataclismos del globo terráqueo que a obra realizada por manos humanas."

Los europeos quieren permanecer más rato allí para disfrutar del espectáculo que ofrece Venus al ocultarse en el horizonte, pero el mulato guía, sediento, les pide que vuelvan. Al ver que Humboldt y Bonpland desconocen el camino, les habla todo el tiempo de tigres y corales. Las serpientes son frecuentes allí y poco tiempo antes habían matado a dos jaguares cerca del pueblo de Maniquarez. Humboldt verá luego las pieles. A juzgar por su dimensión, el alemán dedujo que los jaguares no eran mucho menores que los tigres de la India.

Los europeos tratan de convencer al guía para quedarse más tiempo ya que piensan que con las cabras de la zona los jaguares tienen suficiente comida, pero al final tienen que seguirlo.

Después de tomar un camino de arena por tres cuartos de hora se topan con el negro que transportaba la comida. Había ido a buscarlos, temiendo por ellos por no haberlos visto más. Al reunirse, los lleva hasta la choza de una familia indígena.

"Nos recibieron con la calurosa hospitalidad que se halla entre la gente de toda condición en estas tierras".

La choza en la que cuelgan sus hamacas es muy limpia. Hallan pescados, plátanos y agua de la más pura.






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